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piedra, papel, tijera, espejo

mi him en tov

miércoles, junio 29, 2005

 

ventanas I

Empezaré quejándome. Por que a mí, maldita sea?
Puta manía de creerse el ombligo del mundo. No estaba solamente yo allí, pero era la más sola.No era la que más bebía,ni la que menos. Tampoco la que más hablaba, o la que más vivía. Éramos muchas, pero ninguna era más persona que las demás.
Yo observaba, y luego esquivaba. No me acuerdo de si me gustaba estar sola, porque no quería pensar en ello. Todos vivían dentro de mi cabeza, y allí estaban bien, porque así no podían hacerse daño más que contra las aristas de mi cerebro. Qué pasaría si un día consiguieran salir? Se harían daño, y lo peor de todo, yo no lo sabría, así que estábamos bien así, no?

Pero seguían pasando cosas. Pasaban a mi alrededor como una turbulencia, a veces me empujaban y me caía. Ya no sabía qué hacer.
Sólo pedía que todo el mundo, a ser posible a la vez, se tomase cinco minutos para respirar. A la vez.
En la estación de tren la gente me miraba, nadie parecia respirar, así que yo hundía la nariz en la revista, muy colorada, si hacía calor sudaba e intentaba recuperar el aliento lentamente, para que nadie me oyera respirar. Por suerte sólo me oyeron una vez, porque allí, aunque nadie respirase, había voces todo el rato, y música, y es muy difícil respirar más fuerte que un tren. Dentro del tren es otra cosa, pero en la estación todo el mundo parece a punto de pegarte.
Pues yo iba a la estacion sola, porque parecerá una tontería, pero prefiero estar sola en la estación a estar acompañada en el tren.

Dentro del tren puedes mirar hacia fuera de verdad; las ventanas son el complemento perfecto de los ojos. Si yo fuese dios acompañaría los ojos humanos de unas ventanas, para poder cerrar las cortinas o las persianas. Me enloquece la fragilidad de los párpados y las córneas, pero no es sólo eso. Antes no lo sabía, pero un buen marco es necesario para el cerebro.
Cuando iba de un lado a otro, el sol entraba por las ventanas del tren e iluminaba el libro, e incendiaba el agua, o se oía el golpeteo de las gotas en el cristal y el viento parecía ralentizar la marcha. Una vez un tipo me ofreció regalices en el tren. A veces la gente habla, pero hace tiempo que nadie se me pone al lado con ganas de charlar conmigo. Es mejor así, cuando pasó lo de los regalices el tipo llevaba un rato mirándome y sólo pude quedarme volada y rechazarlos. A lo mejor no era mal tipo, pero de dónde coño sacaría que me apetecía regaliz, si a mí no me gusta.

Pues yo iba de un lado a otro, a veces perdía el tren. Aveces perdía tres trenes seguidos, porque no quería ir a la estación, sobre todo desde que aquel guardia de seguridad me habló en cargo express, cuando me sentía a salvo y escondida llegó por detrás. Los seguratas son mil veces peores que la policía, no puedo verlos. Se frustran incluso mas si no consiguen hacerte sentir culpable. Así que le di su ración y a partir de entonces tenía mucho cuidado al respirar, pero no me sentía culpable, era sólo que a veces me caía y realmente estaba asustada porque nadie hablaba de las turbulencias y nadie respiraba y no quería caerme enfrente del segurata. No le parecería normal.
Así pasaron varios años.
Yo empezaba a estar contenta. El sol siempre me anima, y aquel era un año muy seco para lo habitual. Pensaba menos en llegar al otro lado, aquellos días, y cuando lo hacía me acordaba de la gallina que cruzó la carrera, y del bebé muerto grapado a la gallina. Recordaba más chistes, y veía más nubes muy bien enmarcaditas.
A veces pensaba en darme a conocer a alguien, pero no veía respirar a nadie. Alguien había de otros tiempos, pero ahí tendría condiciones para la rendición y no iba a rendirme. Yo no quería ser una esclava otra vez.
Los golpes los doy yo, si hace falta. No me gusta la violencia gratuita, pero como en el viejo chiste, estoy totalmente a favor de la violencia bien pagada. Pena que me mareo al ver mi sangre, por eso evito las confrontaciones. Pero si alguien me hiciese una buena oferta le daría hasta en el carnet. Implicaría darme a conocer, y aquí nadie me mira bien, por eso no lo hago, vaya, esto ya lo he dicho mil veces. Es que sé que resulta difícil de comprender, si fuese fácil yo no iría de un lado a otro en el tren, la gente vendría a mi casa a comprar patadas en el culo y yo podría comprar libros y revistas para leer frente a la ventana, y creo que todos seríamos más felices, pero la gente no sabe lo que quiere, ni siquiera sabe lo que necesita. Yo necesito darme a conocer, pero me estoy afixiando poco a poco y a la gente le hablas de las turbulencias y te mira con cara de segurata. Así era yo entonces, un manojito de nervios que sujetaba un bonotren.

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