Me horrorizo de mí misma cuando me pongo celosa. Me molesta sobre todo que alguien se dé cuenta de tan vergonzosa debilidad, y procuro comportarme con más frialdad cuanto más evidente se hace la traición.
Los celos son si cabe más injustos cuando subestimamos nuestra proclividad a establecer lazos con muchas personas... a pocos solitarios conozco yo que lo estén tanto como para tener derecho a celos.
Y mucho menos a personas de sentimientos tan fuertes y profundos que justificasen una salida fuera de sí como las que, a menudo, tendemos a permitirnos para someter, un par de horas más, el cariño del traidor...
Por si no había quedado claro, sí, lo he hecho, sí, me avergüenza. Pero es verdad que la primera vez funciona. Tal vez el horror del descenso, al que apelamos para que el otro nos sostenga, sea la clave. Representamos un suicidio, con el fin de que nuestra vida, simbólicamente, quede en sus manos cuando nos rescata.
Después no está claro nada.